Charlemos

Para Diego Baldivieso, compañero de aventuras y blues multicolor.

“¿De qué querés hablar esta semana?” me pregunto esa noche mientras escucho algo de Café Tacuba. Podría escribir de la falta total de educación vial, característica inherente de los bolivianos y los colectiveros con mal aliento en general. Podría tratar de explicar de algún modo el motivo por el cual seres humanos conscientes vuelven una y otra vez con sus exs, porque “esta vez va a ser diferente” o “Yo lo puedo cambiar”, o “Te juro que no va a volver a suceder”, o quién sabe qué otra excusa para tratar de evitar sentirse un poco menos solo en este mundo tan anguloso y vital. Podemos hablar de una Exposur, pero la sola mención de la palabra hace que recorra un escalofrío por mi espalda. Puedo hablar de ella y su mirada y su manera de enamorarme y que cuando uno se enamora pierde la gracia y el buen humor. Podemos hablar del odio entre filisteos y cananeos que siguen ahí, peleándose como hace tantos siglos, sin parar, por un pedazo de tierra o porque su hombre invisible es diferente.
No sólo podemos hacerlo, sino que es nuestro deber, es nuestra razón ineludible, es como cuando te decían que no apoyes los codos sobre la mesa: simplemente hay que hacerlo. Hay que hablar de los temas, esos que supuestamente le preocupan a todos pero que nadie habla. Hay que hablar de eso que tenés miedo de decir en voz alta, por el dice que dirán que han dicho. Hay que hablar de pobreza, de amistad, de amor, de drogas, de sexo, de aborto. Las discusiones pueden ser infinitas, capaz que tengamos miles de letras, ideas y vestuarios de carnaval encontrados. Capaz que no estemos de acuerdo (Está bien, esa es la idea). Capaz ni nos encontremos.
Pero alguien habló de algo, de esos momentos en los que te perdés, en los que no se entiende cómo puede morir gente que no debe morir, cómo todos morimos, y cómo en realidad estamos todos muertos. Y la idea misma nos aterra. Alguien habló de la búsqueda inusual con pretextos del mal, de nosotros mismos hacia la eternidad. En hijos, letras, acciones, y un trago que sabés que no va a ser el “ultimito”. Porque necesitamos que algo muera para poder dar algo nuevo y cualquiera de esas pavadas que te dicen para tratar de darte consuelo o algo que no sea el vacío de saber que esa persona no vuelve más. Pasa el tiempo y extrañás sus gestos, extrañás hacer música juntos, o salir a caminar solitos, y te acordás. Te das cuenta que por más que lo escribas no va a aparecer. Y claro, nadie te dice qué hacer. Te quedás mirando el ataúd que no termina de bajar más, deseando con todas tus fuerzas levantarte, despertar de esta pesadilla. Mirás las caras y pensás que no debería haber tanta gente en un funeral. O cosas así. Te da miedo. Volvés y las lágrimas te sorprenden mientras estas caminando una cuadra y te das vuelta a buscarlo…. Y no está.
La vida es complicada y te ayuda a crecer también, porque a todos se nos muere un perro, a todos nos regalaron alguna vez ropa para Navidad de chiquis, y ya todos fracasamos alguna vez en el arte de los “para siempre”… y aprendimos a vivir con ello.
Lo importante es darse cuenta que no estamos tan solos como parece. Eso, un buen helado/café/disco de Jamie Cullum y hablar al respecto.
(Si se calla el cantor, calla la vida)

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