Cartas de un hombre enamorado

I. (Encontrada en los restos de un accidente de tránsito)

Asumamos por un momento que nada de esto está sucediendo, ni siquiera la incertidumbre de una muela de juicio que esperemos que esté bien curada, o que no acabo de perder la tapa de mi lapicera favorita. Nos perdamos entonces en papeles vanos que hemos tomado, en ficciones nada extrañas de figuras y fantasías paganas. Pidamos el placer de ser nosotros mismos, de enfrentarnos al dolor de mirarse al espejo. Pidamos compasión mientras los apuñalamos por la espalda. Pidamos coherencia. Entonces, en el infinito mismo, en el vacío en sí, buscar leones, praderas, océanos o lo que sea que esa persona que amás busque, y encontrarlo para su felicidad. Pidamos un deseo que nos desgarre el alma, un idioma nuevo para hablar de tus lunares, de tu risa y tu manera de decir mi nombre. Pidamos la extinción total del “yo” en favor de un “nosotros” que dure todos los tiempos verbales posibles. Pidamos paciencia y buen humor a la hora de entender a un Dios que se va pareciendo cada vez más a una Ley de Murphy con aureola triangular. Piddamos vernos un día más, sólo un día más, para no pensar que lo que estoy haciendo ahora es evocar a un pasado que con el paso inexorable del tiempo se hará más y más irreal y menos vívido en mi mente, alma, corazón y letras. Te dí todo tan poco tiempo, tan poco tiempo… Asumamos que volveremos a vernos.

II. (Carta que llevaba una novia en su vestido mientras avanzaba al altar)

Verdades ocultas tras el sonido que emiten tus labios, que se abren ahora tan dulcemente. El tiempo pasó quizás demasiado rápido y yo no sé discernir que es real o no. Estamos en la habitación que amamos, las paredes están corroidas y hay una gotera junto a la cama. La humedad penetró en la ropa que torpemente intentamos adentro porque afuera sigue lloviendo sin cesar. Aparto el pelo de tu mirada y tus ojos brillan increíblemente mientras tomás mi mano y nuestros dedos se entrelazan. “Sos princesa de todos mis cuentos, el motivo por el cual todos los hombres deberían enfrentarse a dragones y seres mitológicos varios. Sos la razón por la cual vale la pena levantarse todos los días a la rutina de aguantarse las ganas de acuchillar a la gente que escucha música sin auriculares. Sos mi todo” Algo así debería decirte, pero no me animo, quizás porque ya es demasiado tarde, quizás porque temo tu reacción. La vida era así, es así y todos los tiempos verbales así. Cruel, agónica, con sonrisas y mala música por igual. Así que en vez de decirte cualquier cosa, dejo que nuestras miradas se fusionen mientras los dedos de tu mano izquierda juegan con los de mi mano derecha y la música hace que nos olvidemos del repiqueteo de gotas sobre el techo. Segundos que parecen milenios, minutos que parecen sueños, amores que parecen sinceros. El tiempo sigue pasando, me recuesto sobre tus piernas y acaricias mi pelo (Nadie antes lo había hecho así). Te amo en este momento y no quiero pensar en todo lo demás, en nada más. No quiero pensar en que en dos días me voy a vivir a otro lugar y no volveré a verte sonreir con los ojos en quien sabe cuánto tiempo. No quiero pensar en que si me pedís que me quede lo hago. No quiero pensar en nada que no sea poner otra canción y volverme a perder en el vicio de amarte, poseerte, besarte, hacerte feliz. Porque siempre es hoy, y todo lo demás, tan sólo un suspiro de ilusión.

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