Dos monólogos, dos.

I.

“Te pienso demasiado. Quiero que lo sepas. Quiero que sepas que te encuentro en letras de canciones que pensé nunca iban a tener nuevo sentido. Juego a las escondidas con mi alma, con mi mano derecha también pero ese es otro punto. Creo que voy a cometer el pecado de enamorarme de una fantasía o del algo parecido a la utopía de un mundo en que el amor es perfecto y no sólo una sumatoria de albums de fotos y apodos estúpidos. Creo que quiero hacerme adicto a vos.”
La carta parecía buena, pero había que sincerarse con los hechos: gracias a la maldad del “Mensaje leído” de Facebook, sabía que no había leído su último mensaje. (Hacía ya casi diez días que le había mandando un escueto “Che, te extraño”). No tendría sentido mandar más cartas al viento, a las redes sociales y mucho menos mortificarse pensando a quien besarán esos labios de terciopelo que le hacen pensar que el mundo puede reconstruirse si tan sólo todos sintieran la felicidad que él siente al besarla. Ya no más.
Las ganas de ir, gritar con fuerzas su nombre hasta que de algún modo mágico se materialice al lado suyo, como un milagro navideño o de última consumir algún alucinógeno, perder la cabeza, ALGO que aparezca a su lado.
Pero sabe que nada de eso sucederá, pone nuevamente “A night at the Opera” y piensa en esa noche, ahora tan lejana, en que las estrellas, la combinación de coraje, vodka y quién sabe que otras sustancias de su cuerpo le permitieron llevar a cabo las acciones que lo llevarían al momento mayor momento de éxtasis de su vida por lo menos hasta que la gente se deje de tonterías y cree un sable láser. El momento en que la besó por primera vez.Entonces, todo vuelve a su cabeza: la pasión, el desenfreno, las palabras que deberían haberse dicho desde un principio, las despedidas por anticipado. Todo. Vorágine total. Las ganas de cometer alguna locura, como ir y raptarla, para que escape de un mundo que la atormenta más de lo que ella quiere aceptar.
“Todo está en tu cabeza” le dicen, pero él ya la escucha cuando suena “Love of my life”. Y todos sabemos que nada terminó pronto cuando eso pasaba.

II.

Quiero que contestes el FUCKING teléfono. Quiero que alces el tubo y escuchar tu voz del otro lado, para poder darle aliento a un amor traicionero y psicótico que me está costando ya demasiado caro. Quiero que me hables y digas mi nombre, una y un millón de veces más. Quiero que respires mi boca. Quiero que me quites dos o tres textos desesperados y uno post coital, con amores y ficciones en el aire, como todo lo que vengo haciendo últimamente. Somos ficciones y se escucha música de fondo y todavía no me animo a darle redial al teléfono porque en el fondo sigo siendo un niño bastante tímido y vos me podés demasiado. Suena “Chipi chipi” de Charly Garcia. Esto me va a costar demasiado más de lo que cualquiera de nosotros quisiera admitir.

Sí, soy de esos. De esos que buscan musas desesperadas para textos llenos de alcohol y causas perdidas. Todo es cuestión de fe no al final, ¿no? Pero esto está costando demasiado, y cada palabra y cada gesto, ya está demasiado junto a mí y ni siquiera los arcoiris en el desierto de la vida anodina que nos toca vivir, ni siquiera tu sonrisa de oasis, tus ojos de cristal, me pueden salvar del pecado de volverme enamorar.

Maldición. Maldición, fucks, re fucks. Esto no debería estar pasando ni ahora ni NUNCA. Los recuerdos son demasiado vagos como para tomarlos en cuenta, y quizás también son ficticios como todo esto. (Me envuelvo en tela azul y papel maché gris mientras la miel en los hisopos me hace cosquillas en las orejas). Quizás mi pasión esté demasiado inútil y gastada. Quizás dije “Te amo” antes de tiempo, o demasiadas veces. Quizás ya dejó de significar cualquier cosa.

Hoy te busco de nuevo, no por teléfono, no por mail, no por inbox, no por señales de tránsito. Te busco por mí. Porque tengo una duda que carcome días y noches idílicas, oníricas y para nada empíricas.

Ahora la música y el sabor es lo mismo que antes. Puedo mentirme así. Y puedo quizás hasta decirme, que no me haces falta.

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