De perderse y otros jeitos.

A este paso de la vida, aprendí que es mejor no hacer planes, sobre todo tomando en cuenta que mi carta de Hogwarts o se perdió en el correo o no va a llegar nunca haciendo que mi depresión normal debida a un mundo en el que Nicki Manaj es “jurado” en American Idol escale a niveles aún mayores.  Aprendí a la mala digamos, quizás por no querer aceptar que tal vez mi único objetivo en la vida es comprobar la Ley de Murphy indefinidamente o porque realmente no tenía nada que hacer ese fin de semana y encararla a esa mina parecía una buena idea, sobre todo tras el cuarto vodka que tanto valor suele darnos, aún cuando generalmente resulta que esa mina no era tan atractiva como te parecía bajo las luces y humo del boliche  y el efecto photoshopero del alcohol, pero eso viene al otro día cuando tus hermosos amigos te lo hagan recuerdo con fotos y otros elementos de coacción tan en boga en estos tiempos de redes sociales internetianas. Pero me desvío y me pierdo y justamente de eso quería hablar en esta ocasión en la que usted, pobre lector, trata de pasar su tiempo en un Lunes que parece igual al anterior a menos que haya perdido su celular, su cordura, u otras cosas que no podemos nombrar por razones estrictamente legales: Quería hablar de perderse. Perderse, es una actividad que ilumina, que abre mentes: Acaso hay mejor manera de conocer una ciudad que la de tomar un colectivo que jurabas era el correcto para que después de un giro desconocido en una esquina a la cual nunca le habías prestado atención te quedes quieto, esperando que todo sea sólo un sueño y de alguna manera mágica el colectivero decida volver a la ruta predeterminada que tan cómodamente te estaba llevando a tu casa/boliche/sex shop favorito? Esa sensación de decirse a uno mismo: “No, ahora da una vuelta y vuelve a la ruta que yo conozco”… y NADA. Uno se queda esperando como un gil mientras las calles se hacen más y más extrañas al igual que sus nombres y la duda le entra a uno acerca de cómo encarar al chofer para hacer la pregunta más vergonzosa que un hombre adulto puede hacer y que viene mortificando nuestra cabeza desde hace más de cinco minutos: “Disculpe, dónde estamos?” “A donde me lleva?” “Mamaaaa!!!”. Pero de ahí, tras escuchar las indicaciones del chofer que te mira con cara de que seguramente tu mamá no te hizo escuchar Maria Elena Walsh de chiquito, o que tal vez te gusten los libros de Cohelo, o cualquier otra cualidad que te ponga en el nivel intelectual de la gente que dice “la” calor, uno vuelve a su camino un poco más maduro y con una o dos lecciones aprendidas (Sobre todo la de no tomar el colectivo equivocado). La vida quizás sea eso, vivir perdiéndose en el colectivo en la ciudad que es esta existencia, mirar como un opa como uno va por caminos extraños para finalmente tener la capacidad/raciocinio/voluntad de darse cuenta que uno estaba errado y volver al lugar ese al que quizás nunca llegaremos, porque tal vez no debamos llegar. La vida es una sucesión de viajes en los cuales hay que perderse para poder, de algún modo encontrarse entre el mar de gente que pone “No trabajo me mantienen mis papis”, la ciencia no hace lo suficiente por el chocolate y gente que es más patética que llamada en estado de ebriedad a las tres de la mañana.

Pero bueno, ahora la filosofía de verdad, o las cosas que importan, porque fue el día del gato y se murió Johnny Sins el pelado de Brazzers y apenas si tuve tiempo para nombrar esas dos efemérides tan importantes en nuestra historia. La pregunta con la cual os dejo, es: Puede Chuck Norris romper un Nokia 1100?

Como para perder la cabeza.

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