Y después…

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…Y después, el vacío, la impotencia, el dolor. La congoja. De ahí el culpar a los otros, al clima, la altura y a la pelota que no dobla. Mirar al cielo, con los puños cerrados, y jurarle venganza a tu ser imaginario favorito. Prometerle con los dientes enviarle a Chuck Norris de mal humor para que aprenda algo de modales o que al menos deje de usar como marioneta tamaño real, como diversión, como si uno fuese un Sim en manos de un infante de humor bastante sádico.

Y después las lágrimas. Las que se quedan por dentro regando el árbol de tus decepciones, y las que se te escapan sin querer después de esa mínima gota que te hizo rebalsar el vaso o después del cuarto o quinto lleno de vodka/cerveza/vino/inserte-su-veneno-favorito-aquí. Intentar secárselas rápido termina siendo más inútil que tu cuenta en G+: Ni bien te sacás las primeras, las segundas aparecen para la fiesta, porque las guachas vienen siempre en malón.

Y después el desfile de consejeros que, cual consejo del Rey en Game of Thrones, intenta que pongas en práctica aquello que no tuvieron el valor de hacer ellos mismos o, aún peor, eso que en algún momento vos le tendrás que recomendar hacer, con cara seria en la fila para entrar al baño del pub. (Es que la vida tiene eso de irónica: Todos los consejos que uno da, son los que en algún momento vas a necesitar que te den)

Es por entonces que viene la playlist con canciones para la depresión (Nick Cave y Radiohead Nunca te abandonan) , los textos agónicos, algún estado adolescente-necesito-atención en alguna red social, la cara de fan del Barcelona acostumbrándose a la derrota. El mar de autocompasión en el que te sumergís.

Y después, los venenos. Los naturales y los no tanto, los sociales y los solitarios. Los baratos y los que arruinan salarios. Los venenos no son más que todo aquello con lo que decidimos matarnos, poco a poco, sin el valor de dar la estocada final, porque dicen que lo último que se pierde es la esperanza, pero tampoco es que pensemos demasiado en eso por entonces.

Y después mirarte al espejo y no reconocerte. No entender quién es ese despojo de persona que apenas si puede devolverte la mirada, por la vergüenza que ello le causa.  Preguntarte que pasó, cómo permitiste que llegara a esto. Decirte que tenés que hacer algo porque en cualquier momento podés estar en la calle diciendo que el fin está cerca, o viendo videos de autoayuda en YouTube, o peor aún: considerando en comenzar a leer Cohelo.

Entonces comienzan las preguntas, el cuestionártelo todo. Tus actitudes, acciones y pensamientos. Las mentiras y tus tantos intentos. Replanteártelo todo: Y si le hubiese dicho a tiempo? Y si no tuviese respondido el mensajito de shits al uasáp? Y si Krillin no hubiese muerto, Gokú se hubiese convertido en super saiyajin y gando a Frezer? Y si tal y si cual. De ahí expulsar todo, un vómito imparable de ping pong de preguntas y respuestas, de hipotéticos que poco sentido tienen.

Y después el silencio, el vacío, la calma.

De ahí pedirle un vodka con limón al barman de la vida.

Y después continuar.                                 

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